Me poseyó


Sobre ranas, príncipes y maestros
Julio 25, 2008, 3:01 pm
Archivado en: Crisis, La Doctora Amor

Al final hubo un cambio de planes: asistí al evento de la Akademie en Stuttgart, pude ver al autor del momento y, fatal para mi enamoramiento trunco, me encontré con Mr. Berger -de aquí en adelante, Mc Poet. Como el año pasado, dormí en ese castillo-academia, pero sin mi príncipe (otra vez). Para seguir con el fluir sintético, vamos a evitar la narración detallada de los momentos compartidos bailando y coqueteando, la parte en donde él por décima vez me deja rechazándome sin un motivo demasiado claro y la otra parte, esa en la que yo vuelvo a casa en tren, con los ojos sofocados de lágrimas que no dejo salir para no incomodar al resto de los pasajeros con mi llanto. Aparte del predecible timodrama, esta vez pude ver el conjunto del evento con una mirada positiva, rescatando aspectos que no tuvieron que ver con Mc Poet.

Y las jornadas siguieron, con algunos períodos lluviosos y grises como es normal en un verano alemán.

Los días comenzaron a pasar con esa rapidez y liviandad que el verano suele conceder y casi de manera inocua llegó el cumpleaños de mi otro príncipe, el que vive en Argentina. Ese que conocí desde siempre pero que me sorprendió nuevamente, tan tímido y tierno –y muy sexy, vale decirlo- durante el marzo pasado en Argentina.

Fueron esos, los días antes de mi cumpleaños, cuando enfermé por unos largos quince días. Unas cuantas cervezas tomadas por la noche en un Biergarten con amigos, la implacable tristeza de no poder ser feliz con ninguno de mis dos príncipes –el del lado de acá por el presente y el del lado de allá por el pasado- y el trabajo de final de semestre hicieron su normal aparición en mi cuerpo, ya no poderoso como antes, que se protegía gracias a cierta inmunidad latinoamericana.

Como la rutina de cada día vino mi cumpleaños. Hicimos una parrillada a la alemana en lo de una de mis mejores amigas, Johanna. Entre tanta tristeza, fiebre –la tarde de mi natalicio, estuve con 39 grados, roja y sofocada- y malestar me llegó un mensaje de texto tan lindo que logró conmoverme. Cuando yo lo consideraba apenas el hermano de una amiga, a esa persona “el viento le susurró” (“der Wind hat mir geflüstert”) que era mi cumpleaños. A pesar de los puntos negativos, ese mensaje, la eterna ternura y alegría de Johanna y que todo ocurriera como un día normal, hicieron de éste un cumpleaños hermoso.

Y hubo viento y tormenta durante esa semana sobre la verde Freiburg. Y más fiebre. Pero había algo que me mantenía a la expectativa: el 17 de Julio llegaba Budagrace.

Y nunca en mejor momento, ella llegó. Ella regresó.

Harta de mis príncipes emancipados. Hasta la coronilla de quererlos sin expectativa de que me quieran. En eso estaba el miércoles cuando pasé por una tienda y compré dos cosas que me faltaban: “Italiensk for begyndere” –naturalmente, fue Budagrace quién me marcó en falta con la oferta de semejante película- y un juguete que es una rana que al mojarla se vuelve príncipe. Para colmo, en las 72 horas siguientes a su devenir, el príncipe sigue creciendo un poco más. Es por esto, un hombrecito que crece en tres días.

Ayer fui al parque y sentadas al sol lo mojamos, viendo cómo, muy lentamente, se deshacía su corteza de rana y se volvía príncipe. Ahora sigue creciendo, en el borde de mi ventana.

Es cierto que la distancia de “el del lado de allá” me genera una innecesaria melancolía, aunque reconozco aquella distancia como inevitable. Parte de una historia que no puede superarse y ser de otra manera. También es verdadero que extraño cada día a Mc Poet, aunque sea con su presencia marginal y oscura en mi vida. Pero como ahora ella está cerca, visitándome, todo tiene la posibilidad de volverse más claro.